Cap3: Buonaventura

Buonaventura, el único puerto medianamente seguro para la Hermandad de la Costa entre el Golfo Vaticano y el Mar de la Viuda… siempre y cuando uno no llamara demasiado la atención ni permaneciera demasiado tiempo.

Los príncipes vodaccios no tenían la guerra declarada a los piratas como el Empereur de Montaigne, pero celebraban los ataques contra la Liga de Vendel casi tanto como resentían la pérdida de alguno de sus propios barcos.

Era un punto estratégico que conectaba la mayoría de las rutas comerciales del Mar de la Viuda, uniendo el Imperio de la Media Luna con la Théah occidental.

A unos pocos kilómetros se encontraba Santa Amelia, capital de las provincias gobernadas por los Lucani y centro de uno de los viñedos más grandes del continente. El patriarca de la familia, Alberto Lucani, pasaba los meses de vendimia en la mansión que poseía a las afueras de la ciudad.

Santa Amelia había estado recibiendo recientemente una gran cantidad de refugiados que buscaban asilo de la tiranía del cercano territorio de Villanova. Cientos de campesinos llegaban cada semana y no podían ser obligados a regresar a sus hogares.

Pero mantenerlos era peligroso. Aquello amenazaba con provocar una guerra con Villanova a lo largo del Arene Candide.

Las historias sobre la amabilidad de Alberto y su inteligente política le ganaban aliados entre la gente común… y enemigos entre los nobles.


La taberna Il Cavallino Rampante era el mejor lugar para comprar y vender mercancías en el puerto.

Había amanecido hacía apenas unas horas cuando Shay repasó una vez más la lista con la mujer.

—Galletas, agua fresca, ron, cerveza, vino, verduras frescas, verduras en salmuera, frijoles, pescado ahumado, carne salada… y prepara un par de cerdos para la noche. Hay que aprovechar mientras estemos en puerto.

La puerta de la taberna se abrió y un hombre entró. Se acercó rápidamente a Shay.

—Capitán, ya encargamos la madera, la brea, la cuerda y la pólvora. Van a entregarlo al atardecer.

Shay asintió y volvió a mirar a la mujer.

—¿Cuándo va a estar todo listo?

—Las provisiones para las cuatro de la tarde. Los cerdos tardan algo más… para las nueve.

—¿Tanto? —preguntó Shay.

—Te los puedes llevar vivos ahora mismo, pero las cosas buenas se hacen esperar, cariño —dijo la mujer sonriendo mientras terminaba de tomar notas.

—Petrona, volveremos después del atardecer por las cosas.

—Bien.


Durante el transcurso del día regresó el resto de los marinos, a quienes se les había dado el día libre para disfrutar de lo que la ciudad podía ofrecer. Aunque la gran mayoría terminaba visitando a las Jenny.

Por suerte todos habían seguido la orden de no emborracharse ni llamar demasiado la atención. Shay no quería perder su cobertura en un puerto tan importante.

Odiaba tener que hacer las compras él mismo, pero Monet tenía pedido de captura en Vodacce y no podía bajar del barco para hacerlo.

Nate cumplía la labor de asistirlo, aunque más que nada ofrecía seguridad, ya que tampoco tenía demasiada afinidad con las labores administrativas del barco.


Llegaron a la taberna pasadas las ocho.

Habían informado a la tripulación que llevarían la cena para subir la moral y que duplicaran la velocidad al almacenar las provisiones y terminar las reparaciones que solo podían hacerse en puerto.

Llevaban un rato sentados compartiendo una botella de vino cuando alguien se sentó frente a ellos en la mesa.

Una hermosa capa violeta bordada demostraba que quien la usaba tenía dinero. Mucho dinero.

La figura levantó levemente la capucha.

Shay pudo ver su rostro.

Unos ojos profundos como el océano… en el rostro de una mujer.

—Capitano Sé… agh… dha Ard… ghal —pronunció su nombre lo mejor que pudo.

—Necesito contratar sus servicios.

—Puede llamarme Shay. ¿Qué tipo de servicios necesita?

—Transporte.

—¿Hacia dónde?

—Eisen.

—¿Cuántas personas?

—Tres mujeres… más escolta.

—Es un viaje largo. Puede ser muy costoso.

—El dinero no es problema.

—¿Cómo me encontró?

—Las cartas me dijeron dónde buscar.

—Las cartas no hablan.

—Sí… para quien sabe escuchar.

Shay soltó una breve carcajada.

—Jajaja… Vodacce.

—¿En cuánto tiempo está listo su barco para partir?

—Está apresurada. ¿Está huyendo?

—¿El silencio está incluido en la tarifa?

—Solo quiero saber si vamos a tener problemas antes de salir.

—Depende de cuánto tiempo demoremos en salir.

—Podemos partir en cuatro horas. El Albatros se encuentra en…

—Sé dónde está. Nos veremos a las dos de la mañana.

—Hasta entonces, señorita…

—Lucrezia.


Petrona, la mesera, se acercó una vez más a la mesa donde se encontraban Shay y Nate.

—Ya casi, cariño. Unos minutos más y te podrás llevar los cerdos. ¿Quieres algo más de beber?

—Una botella más de vino.

Quizás no era tan bueno como el montaigne, pero seguro era mucho más barato.


Por segunda vez en la noche alguien se sentó en la mesa de Shay sin ser invitado.

Pero esta vez no había capa ni misterio.

El hombre no aparentaba más de treinta años. Rubio, ojos oscuros como su ropa, un parche en el ojo izquierdo… y lo más llamativo: la espada estaba colgada del lado derecho del cinturón.

Zurdo.

—Buonanotte, Signore Ardghal —dijo el hombre sonriendo.

—Buenas noches. No escuché su nombre.

—Caligari. Andrea Caligari.

—Andrea. No recuerdo haberlo invitado a sentarse.

—No lo hizo. Pero sé que va a querer hacerlo una vez que escuche lo que tengo para ofrecerle.

—No lo creo. Pero escucho.

—Lo han visto hablando con una mujer. Y según entiendo, le pidió transporte. Quiero que acepte… y que nos entregue el cargamento.

—Si lo hace, puedo hacerlo muy rico, signore.

—¿Qué es “muy rico”?

—El doble de lo que le ofrecieron por el transporte.

—Lo siento, señor Caligari, pero no me interesa su negocio.

—No decida tan pronto, capitán. Piense en su seguridad… y en la de su tripulación.

La mano de Nate fue hacia el mango de su espada. Estaba a punto de atacarlo cuando Shay hizo un leve gesto con la mano para que se calmara.

—¿Me está amenazando?

—Tómelo como una recomendación. Como vodaccio, velo por la hospitalidad de mi nación hacia los visitantes. No quisiera que le pase nada.

—Señor, si quiere decir algo, sea directo… y deje que su espada sea la que hable.

Caligari rió.

—Jajaja… capitán, no se ofusque tan rápido. Tiene suerte de que la necesito fuera de Vodacce.

Se levantó lentamente.

—Nos volveremos a ver… pronto.

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