Cap4: Between the Devil and the deep blue sea

Cuando Perla abrió los ojos vio a la mujer sentada al lado de la cama. Instintivamente llevó la mano a la daga.

Lucrezia, que se encontraba leyendo, levantó la mirada del libro justo a tiempo para ver cómo la enorme eisena dirigía la daga hacia ella y la detenía apenas antes de que impactara en su cuerpo.

—Frau Lucrezia, no es correcto entrar en la habitación de alguien dormido.

—Mil perdones, Perla. Estaba a punto de despertarte, pero te veías tan bella y tranquila durmiendo que quise darte un capítulo más de sueño.

Perla miró detrás de Lucrezia y notó que no entraba luz por el ventanal. Las velas habían sido encendidas mientras dormía.

—¿Qué hora es? —dijo Perla, sentándose en el borde de la cama.

—Es tiempo de que nos vayamos. El viaje hacia Eisen ya ha sido programado.

—¿Vamos a partir de noche?

—Es lo mejor si queremos pasar desapercibidos.

—Pero podemos partir a primera hora. Es mejor para los caballos.

—Sobre eso… no vamos a cabalgar.
Dime, ¿cuánto le gusta el mar a la capitana Friggsdotir?

—Me siento mejor con los pies sobre tierra firme. Y además es un viaje más largo. Tenemos que recorrer una distancia mucho mayor.

—Cierto, pero es más seguro viajar por mar que por Vodacce.

Lucrezia cerró el libro con calma.

—Y una cosa más, Perla. Entiendes que debemos pasar desapercibidos. Debemos ir hasta el puerto, y alguien de tu porte llama demasiado la atención.

—¿Qué quieres decir? Mis órdenes son llevar a la prometida a Eisen.

—Sí, claro. Y me siento mucho más segura a tu lado. Pero parte de la seguridad es saber cuándo mantener un perfil más bajo. Algo… menos llamativo.

Lucrezia señaló la mesa.

—Debemos cubrir ese porte. No encontré nada de tu tamaño, así que le pedí a Raquel que hiciera algunos arreglos en una tela para que la uses como capa. Está sobre la mesa. Te esperamos abajo cuando estés lista.

Perla miró la tela.

—Es ist gut —respondió finalmente, aunque no estaba del todo segura de que le gustaran los nuevos planes.


Una vez más se preguntó qué hora sería.

Habían demorado demasiado tiempo bordeando la ciudad para llegar al puerto, pero era necesario. No le preocupaba tanto el tiempo como la posibilidad de que alguien los reconociera en el camino.

Una cosa era escabullirse sola. Muy distinta era llegar como toda una comitiva.

Hubiese preferido viajar sola con Giugliana en un caballo. Los demás podrían haberla seguido con el resto de las cosas. Pero Alberto había dejado claras sus órdenes: los hombres debían obedecer todo… excepto la orden de alejarse.

Y también estaban los eisenos.

Incluso si intentaban pasar desapercibidos, llamaban demasiado la atención.

No temía un atentado. Cualquier ataque directo contra un miembro de una familia principesca provocaría la indignación de los demás príncipes.

No es que a bestias como Villanova le importara lo que los demás pensaran de él, pero incluso él sabía que no podría enfrentarse a una alianza entre las demás casas.

El poder en Vodacce era un equilibrio entre siete fuerzas.

Nadie atacaba abiertamente por temor a debilitarse y convertirse, a su vez, en presa de otro príncipe que viera una oportunidad.

Finalmente, el puerto apareció ante ellos.

Recorrieron las calles de Buonaventura por el camino principal, pese a sus sugerencias. Era el único que permitía mantener una formación adecuada para proteger a Giugliana.

Solo agradeció que fuera demasiado tarde.

Los pocos hombres que quedaban en las calles estaban demasiado ebrios como para recordar la historia al día siguiente.


El último barril de agua había sido subido al barco.

Los hombres se disponían a comer los animales asados que el capitán había traído para premiar a la tripulación.

Shay se encontraba debajo del barco, esperando la llegada de la vodaccia.

Cuando descendió, la mujer llevaba sus cabellos rubios atados en una trenza, oculta detrás de la camisa. Además, una bandana y un sombrero cubrían el resto de su cabeza, dándole un aspecto bastante extraño.

Cuando Shay la vio, sonrió.

—¿Qué haces con eso en la cabeza?

—Paso desapercibida, capitán. Quería informarle que las provisiones ya están almacenadas y los hombres están comiendo. En treinta minutos podemos partir.

—Sácate eso de la cabeza.

Shay la observó con curiosidad.

—Nunca me contaste qué fue lo que hiciste para tener problemas en Vodacce.

Monet se quitó el sombrero y sacó la trenza de debajo de la camisa, acomodándola en su espalda.

—Capitán, los vodaccios son gente demasiado memoriosa y demasiado aferrada a las cosas materiales. Y se lo toman muy personal cuando alguien les hace el favor de quitarles tal peso de encima.

—¿Qué les robaste?

—Joyas. Varios anillos, un par de collares, oro en su mayoría. Algunas piedras preciosas. Pero es su culpa. Si no hubieran querido que se las quitara, habrían tenido una mejor caja fuerte.

Shay arqueó una ceja.

—¿Debo preguntar a quién le robaste?

—Al cardenal Cesare Ferro.

—¿A un hombre de Theus?

Monet se encogió de hombros.

—El buen cardenal podrá ser muchas cosas… pero es tan religioso como lo somos nosotros, capitán.

Shay soltó una pequeña risa.

—Qué raro que no haya pedido tu cabeza en toda Théah. El poder de la Iglesia atraviesa las fronteras de Vodacce.

—Es cierto. Pero el hombre no se encontraba haciendo cosas muy religiosas en su casa cuando entré.

Monet sonrió con cierta malicia.

—Y digamos que, entre las cosas que me llevé, también hay cartas que podrían comprometerlo. Cartas que, si me atrapan en otra nación, pondrían su posición en serio peligro.

Monet levantó la mano señalando hacia la calle.

—Ahí viene un grupo de soldados.

Se volvió hacia el barco.

—Voy a avisarles a los hombres que se preparen.

 

En este Capítulo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *