—Abschießen!!!
El grito de Matthias rasgó el aire, y un instante después los cañones del Albatros rugieron al unísono.
El estruendo sacudió la madera, el humo cubrió la cubierta, y el plomo voló como una tormenta negra.
El barco vodaccio no tenía ángulo ni tiempo para responder.
Impacto tras impacto destrozó su proa, arrancó astillas del casco y partió uno de sus mástiles como si fuese una simple rama.
El Albatros avanzó entre el humo y el caos… hasta quedar a su costado.
—¡Al abordaje! —ordenó Shay.
Y el infierno respondió.
Los piratas saltaron como una ola viva sobre la cubierta enemiga. Acero contra acero. Gritos. Disparos. Madera quebrándose. Sangre corriendo entre las tablas húmedas.
Los vodaccios no estaban preparados para la guerra… pero tampoco estaban dispuestos a morir sin luchar.
—¡Señor, debemos rendirnos! —gritó el capitán del Senza Fine, jadeando—. ¡Están masacrando a mis hombres! ¡No son combatientes!
Andrea ni siquiera lo miró.
—Jamás nos rendiremos ante escoria pirata.
Escupió al suelo, como si eso sellara su decisión.
El capitán lo observó, horrorizado… y comprendió.
—Estás loco… —susurró, desenvainando—. Si no das la orden, todos morirán. Suelta la espada.
Andrea soltó una risa breve, fría.
—¿Traicionar a la familia? —desenvainó con un sonido seco—. Prefiero morir.
—Yo prefiero que ellos vivan.
—Ellos vivirán… —sus ojos brillaron—. Tú no.
Y atacó.
Andrea era más rápido. Más preciso. Más letal.
Pero el mar no le pertenecía.
El barco crujía, se inclinaba, se sacudía con cada ola. El suelo traicionaba cada paso.
El capitán, hombre de mar, se movía con ese caos como si fuera parte de él.
Andrea no.
Las estocadas silbaban en el aire. El capitán esquivaba por instinto. Respondía. Fallaba. Volvía a intentar.
Ninguno lograba tocar al otro.
Alrededor, la batalla rugía. Disparos desde el Albatros. Astillas volando. Hombres cayendo. El mundo entero parecía romperse a su alrededor.
Entonces, por primera vez, Andrea vio la apertura.
Avanzó.
Y el disparo lo encontró.
El impacto le sacudió el pecho. El aire se le escapó de golpe. El dolor ardió como fuego bajo la piel.
Levantó la vista.
Shay lo observaba desde la distancia… con una sonrisa ladeada y el pistolón aún humeante en la mano.
Andrea apretó los dientes.
Maldito pirata.
El capitán no dudó. Se lanzó otra vez al ataque, buscando desequilibrarlo, empujarlo, arrojarlo al mar.
Pero Andrea ya había aprendido.
Redució sus movimientos. Desvió. Esperó.
Calculó.
Otra oportunidad.
El capitán tropezó.
Andrea avanzó para matar—
Otro disparo.
El impacto le hizo girar el cuerpo. La sangre comenzó a empapar su ropa.
Sus ojos buscaron al tirador.
Todos van a morir, pensó. Todos.
El dolor era demasiado. El tiempo se le escapaba.
No podía seguir así.
Con un movimiento seco, tomó el cuchillo de su bota y lo lanzó.
La hoja giró en el aire…
…y se clavó.
El capitán cayó de rodillas, llevándose las manos a la herida, la sangre deslizándose entre sus dedos.
Andrea respiró hondo. Una vez. Otra.
Y entonces giró hacia los piratas.
Iba a terminar esto.
Iba a matarlos a todos.
Pero el mar tenía otros planes.
Algo emergió.
Un sonido húmedo. Antiguo. Imposible.
Un tentáculo gigantesco cayó sobre la proa y la partió en dos con un crujido brutal. La nave entera saltó entre las olas como un juguete.
El mundo se inclinó.
Andrea perdió el equilibrio.
Y esta vez… no pudo recuperarlo.
Cayó.
El agua lo devoró.
Fría. Oscura. Infinita.
Y sobre el caos, sobre los gritos, sobre el crujir de la madera y el rugir del mar, una voz quebrada por el terror gritó:
—¡Kraaaakeeennn!