Después de días de búsqueda, por fin avistaron el barco.
El vigía dio la señal y, casi de inmediato, la cubierta se llenó de tensión contenida. No hubo gritos ni celebraciones. Solo miradas. Todos sabían que encontrarlo era apenas el principio.
El capitán descendió hacia lo que alguna vez había sido su camarote… y que ahora pertenecía al señor Andrea Caligari, sobrino de Don Vincenzo, cabeza de la familia Caligari.
Golpeó suavemente el marco de la puerta.
—Adelante —se oyó desde dentro.
El capitán entró. Andrea estaba recostado en la cama, con los ojos cerrados, como si todo aquello fuera una molestia menor.
—¿Y ahora qué, Mario? —dijo sin siquiera mirarlo.
—Señor, hemos avistado el Albatros. Lo estamos siguiendo.
—Perfecto —respondió Andrea, incorporándose con calma.
El capitán dudó un instante antes de hablar.
—Mi señor… como ya le dije, el Senza Fine no es un barco de guerra. Tenemos cañones, sí, pero son para defensa. Mi tripulación es joven. No entiendo por qué seguimos deliberadamente a un barco que podría ser pirata.
Andrea lo miró por primera vez.
—Lo haces porque yo lo ordeno. No necesitas saber más.
El silencio que siguió fue incómodo.
—Lo sé, señor… pero su hermano nos pidió que lleváramos la carga a la isla Caligari. Nos estamos desviando. Y… —tragó saliva— ¿qué pasa si los piratas no aceptan la oferta? ¿O si quieren más?
Andrea esbozó una leve sonrisa.
—Eso no debe preocuparte. Todos los piratas son iguales: quieren dinero… y son cobardes. En cuanto hagamos el intercambio, iremos a ver a mi tío. Y le diré lo buen capitán que eres.
Una pausa.
—Tendrás tu recompensa.
Un golpe apresurado interrumpió la conversación.
—¡Adelante! —respondió el capitán, olvidando por un instante que ya no era su camarote.
El primer oficial irrumpió, agitado.
—¡Capitán! El barco… está virando. ¡Viene hacia nosotros!
Mario miró a Andrea, buscando una decisión.
Luego se giró hacia su oficial.
—Icen la bandera blanca. Que sepan que no tenemos intenciones de atacar. Solo queremos negociar.
—No.
La palabra cayó como un disparo.
Andrea ya estaba de pie.
—No icen ninguna bandera. Si nos rendimos antes de tiempo, esos salvajes creerán que pueden pedir lo que quieran.
Sus ojos brillaban con una mezcla peligrosa de confianza y desprecio.
—Preparen a los hombres para la batalla.
—Señor… no estamos preparados para una confrontación así —dijo el capitán, tensando la mandíbula.
Andrea se acercó, con calma.
Demasiada calma.
—No vamos a llegar a eso.
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