La cabeza de Carmen daba vueltas. No recordaba qué había sucedido ni cuánto tiempo había estado inconsciente. Sintió el cuerpo frío y húmedo, y se obligó a reunir la fuerza necesaria para abrir los ojos.
Se encontraba en una especie de río subterráneo, aunque claramente artificial. El agua le llegaba casi dos palmos por encima de la cintura, y toda su ropa estaba empapada. Quiso incorporarse para salir de aquel lugar helado, pero notó sus muñecas apretadas por cadenas.
—No hagas esfuerzos, pequeña —escuchó una voz suave a su espalda—. Las cadenas te cortarán si tiras demasiado, y ninguno de estos demonios va a ayudarte. Preferirían verte desangrarte hasta morir.
Carmen se giró cuanto las cadenas le permitieron, con cuidado de no lastimarse, para ver mejor a la mujer que le hablaba.
No tendría más de cincuenta años. A pesar del paso del tiempo, no había perdido su belleza, aunque el rostro mostraba golpes visibles y el resto del cuerpo estaba cubierto de cortes. Parecía completamente desnuda.
Ese rostro… ya lo había visto antes.
Era la mujer que había luchado contra los inquisidores. La misma a la que había intentado ayudar. Una hechicera del fuego.
Entonces recordó el golpe seco mientras manipulaba las llamas… y después, la oscuridad.
—¿Dónde estoy? ¿Quién eres? —preguntó Carmen.
—En el infierno… o en lo que Castilla se está convirtiendo. La Castilla de la Inquisición y de Verdugo —respondió la mujer, con una mezcla de rabia e impotencia—. Perdona, niña. Me han quitado todo: mi familia, mi amor, mi vida. No debería dejar que también me arrebaten los modales. Soy Eva María Gallegos de Torres.
—¿Eres una hechicera? ¿Tienes el fuego dentro? —volvió a preguntar la joven.
—Sí. Al igual que tú, llevo el fuego de mis ancestros en la sangre.
—¿Cómo lo sabes? ¿Se me nota? —preguntó Carmen, asustada.
La mujer sonrió con una dulzura casi maternal al notar la inocencia de la muchacha.
—No, pequeña. Nadie puede saber lo que eres a menos que te vea usar tus dones.
—Entonces, ¿cómo lo sabes?
—Porque solo a los hechiceros nos dan este trato especial los hombres de Dios —respondió, haciendo notar el agua en la que se encontraban—. Si no, estaríamos con ellos.
Giró entonces el rostro hacia el otro lado de la estancia.
Para horror de Carmen, pudo ver varios cuerpos colgados de la pared, clavados a ella: hombres y mujeres por igual, con apenas retazos de ropa para cubrir su dignidad. En aquellos cuerpos se distinguían con claridad los estragos de la desnutrición y de la tortura desmedida. Con la escasa luz del lugar resultaba imposible saber si seguían vivos o si ya habían encontrado, por fin, la paz de la muerte.
Las lágrimas inundaron los ojos de Carmen. ¿Cómo era posible que nadie hiciera nada ante semejante injusticia? ¿Cómo podía permitirlo la Iglesia?
—¿Por qué hacen esto? —balbuceó al fin.
—Porque temen lo que no comprenden. O porque son unos sádicos fanáticos. Escoge la opción que prefieras, ¿qué importa? Lo hacen igual —respondió Eva con sequedad.
—Pero yo no le hice daño a nadie.
—Eso no les importa. No puedes negar tu legado, pequeña. Nunca te avergüences de él.
Un chirrido agudo anunció la apertura de una pesada puerta, seguido de varios pasos. Carmen no pudo distinguir de dónde provenían hasta que vio aparecer, por el extremo opuesto al de ellas, a seis caballeros inquisidores con sus máscaras puestas, escoltando a un hombre de aspecto formal, no mayor de cuarenta años, que mantenía el ceño fruncido en todo momento.
—Bruja, ha llegado la hora de pagar por tus pecados. Los hombres que mataste al fin tendrán su venganza —dijo, esbozando una leve sonrisa que apenas duró un instante.
—¡Yo no maté a nadie! —gritó Eva—. Me defendía de tus hombres. Ellos querían matarme.
—Di lo que quieras, bruja —replicó el hombre, mientras indicaba a dos de los inquisidores que liberaran a la mujer del falso río.
—No… no se la lleven —atinó a decir Carmen.
—Tu hora también llegará, bruja —le respondió el hombre, clavando en ella una mirada dura—. Ella ya está muerta, y si no obedeces y te quedas callada, la seguirás muy pronto.
—Ya está, Carmen. Mi final se acerca. Haz que el tuyo sea espectacular. No mueras en este sucio calabozo.
—No… no lo haré —respondió Carmen entre lágrimas.
Fue entonces cuando comprendió algo.
—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó justo cuando Eva era sacada del agua por los dos inquisidores.
Los ojos de Eva se desviaron hacia el pecho de Carmen. Instintivamente, la joven llevó las manos al lugar y encontró el guardapelo abierto, con las imágenes de sus padres en el interior.
Alzó la vista de nuevo hacia Eva, que era arrastrada por los inquisidores.
La mujer la observó con una media sonrisa. Luego cerró los labios y guardó silencio.
Un día después de que se llevaran a Eva, la puerta volvió a abrirse. Esta vez fueron menos los pasos que escuchó.
Carmen giró el rostro para ver quién aparecía. Durante ese tiempo había intentado encender fuego, pero el dolor en su cuerpo era demasiado intenso y no lograba concentrarse.
Un inquisidor apareció. Podía haber sido de día o de noche; para Carmen, el tiempo ya no significaba nada. Tal vez habían pasado horas. Tal vez días.
—Llegó tu día, bruja —dijo el hombre.
—¿Voy a morir? —preguntó Carmen.
—Vamos a realizar un viaje.
—¿Adónde me vas a llevar? —insistió ella, temerosa.
—Eso no te interesa.
El hombre levantó el mosquete y la golpeó con la culata, dejándola inconsciente.
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