Habían puesto la habitación patas arriba después de atarlo a la silla.
Xavier lo sabía porque alcanzaba a distinguir, entre un mareo y otro, los cajones volcados, la ropa desperdigada, el cristal roto junto al balcón abierto. Podría haber escapado antes. Por la ventana, al árbol, de allí a la reja, y después a perderse entre las callejuelas de la ciudad antes de que nadie supiera siquiera en qué dirección había corrido. Habría sido fácil. O tan fácil como podían serlo las cosas para un hombre que llevaba demasiado tiempo viviendo de la suerte, la audacia y una saludable falta de juicio.
Pero no podía marcharse dejando atrás a Donatella.
Nada de aquello era culpa de ella.
Tendría que haber abandonado la ciudad días atrás, quizá semanas. En cuanto salió de aquella cripta nauseabunda, repleta de gules y secretos que olían a tumba vieja, debió comprender que la fortuna ya había cobrado su precio. Tres meses persiguiendo el ídolo, tres meses de suciedad, sangre y noches en vela… y aun así había decidido festejar antes de tiempo.
Sintió el golpe en la cabeza y el mundo se inclinó como la cubierta de un barco bajo tormenta.
Sum, sumus; es, estis; est, sunt… Sum, sumus; es, estis; est, sunt…
La conjugación le atravesó la mente como una cuerda tendida sobre el abismo. La repitió en silencio, aferrándose a ella con la desesperación de quien necesita una sola idea firme para no ahogarse en el dolor.
Otro golpe le estalló en el rostro.
—¿Dónde está? —bramó el hombre, con la voz afilada por el miedo más que por la furia.
Xavier escupió sangre al suelo. Sabía a hierro y a derrota, dos sabores que conocía mejor de lo que le habría gustado admitir.
—No sé quién te enseñó esto de la tortura —murmuró, levantando apenas la cabeza—, pero golpear a un hombre en la cabeza y luego hacerle preguntas es una estupidez. Le desordenas los pensamientos.
La respuesta le valió un impacto brutal en el estómago. El aire huyó de sus pulmones y otra bocanada roja le manchó la barbilla.
Aun así sonrió.
Fue una sonrisa sucia, torcida, teñida de sangre.
—Aunque, pensándolo bien… no sé quién te dijo que yo estuve con tu hermana. —Entrecerró los ojos, fingiendo que lo consideraba—. Bueno. Quizá sí estuve. Pero te aseguro que ella me sedujo a mí. Técnicamente, la víctima soy yo.
Aquello bastó.
El hombre dejó de interrogarlo y empezó a golpearlo con la clase de furia ciega que solo poseen los idiotas y los ofendidos. Xavier habría preferido a un profesional: los profesionales hacen preguntas, calculan tiempos, administran el dolor. Los ofendidos, en cambio, desperdician energía.
Y justo por eso cometían errores.
Con los dedos entumecidos, presionó el anillo de su índice. Sintió el pequeño clic y luego el alivio agudo de la hoja oculta desplegándose. Comenzó a serruchar la cuerda con movimientos cortos, invisibles, aprovechando cada espasmo de dolor para disimular el trabajo de la mano.
Tenía que darse prisa.
No importaban los golpes. No importaba la sangre. No importaba que cada latido le retumbara en el cráneo como un tambor de guerra.
Tenía que salir de allí.
Entonces oyó la voz desde el pasillo.
—¡Lo encontramos, capitán!
La esperanza murió con esas palabras.
Un segundo hombre entró en la habitación cargando una esfera del tamaño de una cabeza humana. Su superficie tenía el brillo suave y espectral de una perla enorme, y en toda su curvatura corrían inscripciones y símbolos de inconfundible origen Syrneth, delicados y terribles como la caligrafía de una civilización extinta que aún se negara a desaparecer del todo.
—Eccellente —dijo una voz conocida.
El hombre sonreía.
Se volvió entonces hacia Xavier con la serenidad de quien contempla un asunto triste pero inevitable.
—Lo siento, Xavier. Sabes que no es nada personal. Pero no deberías haber huido con la orbe.
Desenfundó el pistolón y le apuntó a la cabeza.
Xavier cerró un instante los ojos.
Maldición.
No le preocupaba tanto la muerte como la humillación. Morir así, atado a una silla, medio borracho de dolor, por haber celebrado una victoria que todavía no era suya… Jacob iba a ponerse insoportable si llegaba a enterarse. Eso, suponiendo que en el más allá existiera alguna clase de teatro donde los muertos pudieran reírse de uno.
—Mi señor —intervino el hombre que sostenía la orbe—. Don Vincenzo quiere conocerlo.
El gesto con la cabeza bastó para señalar al prisionero.
Durante un instante, el capitán del pistolón permaneció inmóvil. Luego dejó escapar un suspiro leve, casi decepcionado.
—Lo siento, Xavier. Quería ser piadoso, por los viejos tiempos. Pero mi tío quiere conocerte. Y cuando mi tío quiere algo, todos los demás dejamos de tener opciones.
Luca dio un paso al frente.
—Parece que se te acabó la suerte.
El golpe con el mango del arma fue seco, preciso, casi elegante.
La habitación se apagó de golpe.
Y Xavier cayó en la inconsciencia con la absurda impresión de que, después de todo, aquello apenas era el comienzo de sus problemas.
—¿Adónde se fueron?
Andrea no gritaba: rugía.
El jefe del puerto intentó cubrirse, encogiéndose sobre sí mismo mientras el golpe lo alcanzaba otra vez. Tenía la nariz rota, un ojo casi cerrado y esa expresión deshecha de los hombres que han comprendido demasiado tarde que el cargo que ostentan no sirve de escudo ante ciertos apellidos.
—No lo sé, mi señor… no dijeron nada…
—¿No lo sabes? —Andrea volvió a golpearlo—. ¿No lo sabes? ¿Y no eres acaso el jefe del puerto?
El hombre abrió la boca, pero Andrea ya lo estaba escupiendo con un desprecio casi ceremonial.
—Mi señor, nadie fue avisado. Lo juro. Zarparon sin…
—Basura.
La palabra cayó como una sentencia.
Andrea desenfundó el arma y la apuntó a la cabeza del hombre, que ya estaba de rodillas en el suelo, temblando como una marioneta a la que le hubieran cortado la mitad de los hilos.
—Andrea, cariño…
La voz femenina flotó desde la puerta con la dulzura exacta de un cuchillo deslizándose entre seda.
Fiorella cruzó el umbral con paso sereno. No levantó la voz, no apresuró el gesto. No lo necesitaba. Se aproximó al jefe del puerto, se agachó junto a él y dejó caer una bolsa de oro sobre su pecho. El golpe sordo de las monedas sonó casi tan convincente como una amenaza.
—Si lo matas, la gente hará preguntas. Y son preguntas que no queremos escuchar en voz alta. —Sonrió apenas, mirando al hombre destrozado en el suelo—. Además, él va a quedarse callado. ¿Verdad?
El jefe del puerto asintió con una rapidez miserable.
Fiorella apoyó una mano en su hombro y lo ayudó a incorporarse, casi con ternura.
—Míralo como una inversión. Si te quedas callado, serás un hombre más rico. Si alguien se entera de esto… tú y toda tu familia descubrirán qué aguarda en las catacumbas bajo la isla Caligari. Y créeme: ese no es un conocimiento que desees heredar.
El hombre tragó saliva.
—Sí, mi señora. Perfectamente. No pasó nada. Nadie vio nada.
—Excelente —dijo ella.
Andrea envainó el arma. La furia seguía allí, vibrándole en los hombros y en la mandíbula, pero se disipó apenas Fiorella se acercó lo suficiente para rodearlo con los brazos. El beso entre ambos fue intenso, posesivo, hambriento; terminó cuando ella le mordió el labio inferior y le arrancó una gota de sangre.
Fiorella sonrió al verla.
—Tenemos trabajo.
Andrea apoyó la frente contra la de ella un instante, respirando hondo.
—Encontraremos ese barco. Enviaremos palomas a cada ciudad costera. Pondremos a los Porté de la familia a trabajar. Quiero que cada capitán, cada contrabandista y cada miserable que deba un favor a los Caligari sepa que hay una recompensa sobre el Albatros.
—Ahora sí hablas como un hombre de esta familia —susurró Fiorella.
Habían pasado diez días desde que zarparon de Buenaventura.
Diez días navegando al margen del mundo.
Se mantenían lejos de las rutas comerciales, costeando el continente con el cuidado de quien sabe que, a veces, la mejor manera de sobrevivir no es desaparecer del todo, sino ser visto lo justo y necesario por las personas equivocadas. Bastante cerca de tierra para no perder la orientación. Bastante lejos para que ningún ojo indiscreto los reconociera. Y siempre con la prudencia de no acercarse demasiado a Ifri.
A bordo, la rutina había empezado a asentarse con esa naturalidad engañosa que solo existe en los barcos: una rutina hecha de sogas, guardias, sal, cubiertas que crujen de noche y comidas pobres tragadas con resignación.
Las dos mujeres vodaccias compartían ya la mesa del capitán, junto a Perla y algunos tripulantes escogidos cuando sus obligaciones se lo permitían. La comida distaba mucho de los excesos de la hacienda Lucani. Allí no había vajilla delicada ni criados silenciosos ni vinos que supieran a linaje antiguo. Había platos sencillos, raciones medidas y el sabor honesto de lo que puede almacenarse en una bodega sin echarse a perder.
Ninguna de las dos se quejó jamás.
Ni siquiera hicieron el menor gesto de desagrado.
Perla, curtida por campañas y caminos malos, parecía la más cómoda de todos. Comía con la calma de quien entiende que los lujos son pasajeros, pero el hambre siempre vuelve.
Estaban todavía a la mesa cuando Nathan irrumpió en la estancia.
El maestro de las alturas traía en la cara esa tensión particular del marino que prefiere estar equivocado y sospecha, por desgracia, que no lo está.
—Shay, nos siguen.
El capitán alzó la vista de inmediato.
—¿Estás seguro?
—Sí. Llevo observándolos hace rato. Al principio pensé que iban rumbo a San Juan, pero mantuvieron el mismo curso. Vienen sobre nuestra estela. Demasiado exactos para que sea casualidad.
Shay dejó los cubiertos a un lado.
—¿Qué bandera muestran?
Nathan vaciló apenas.
—Vodacce.
Y sin querer, o queriendo demasiado poco disimularlo, miró a Lucrezia.
La joven se puso de pie de inmediato.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó—. ¿Podemos perderlos?
Shay no respondió enseguida. Sus ojos fueron primero a Nathan.
—¿A quién favorece el viento?
—A ellos. —Nathan hizo una mueca—. Podemos virar hacia San Juan, pero ya sabes lo mucho que nos aprecian los castellanos. Y la Inquisición no suele distinguir demasiado entre pecadores, piratas y gente con mala suerte.
Una sombra parecida a una sonrisa cruzó el rostro del capitán. No era humor. Era reconocimiento.
La clase de reconocimiento que un hombre tiene cuando comprende que el destino, una vez más, le ofrece elegir entre dos formas distintas de desastre.
Se puso de pie.
—Entonces dejen de comer.
La estancia quedó en silencio.
Shay miró uno por uno a los presentes, como si quisiera asegurarse de que entendieran no solo la orden, sino lo que venía detrás de ella.
—Prepárense para el combate.
En este Capitulo








