Cap1: Ein langer weg von zu hause

Capítulo 1

Ein langer Weg von zu Hause

Lo que más la sorprendía era el verde. Parecía que de cada palmo de tierra algo crecía.

Llevaba más de una veintena de días viajando, y alrededor de la mitad de ese tiempo lo había pasado en territorio vodaccio. Aun así, seguía maravillándose por lo vivo que estaba todo. El paso relajado del caballo y el interminable mar verde hicieron que sus pensamientos volaran hacia el día en que le habían dado la misión.

La mujer era un poco más baja que ella, pero su presencia resultaba imponente, y no solo por la armadura completa de Drachen que utilizaba. Llevaba varios meses sirviendo bajo su nueva comandante, Siska Köhl, y había tenido oportunidad de ver lo hábil combatiente que era, con o sin armadura.

—Perla, como ya es sabido por todos, Faulk se comprometió con una vodaccia y me ha pedido que la escoltemos hasta aquí. Mi deber es quedarme, pero creo que lo mejor será enviar a alguien que pueda estar cerca sin perturbar demasiado la intimidad.

—Entiendo. Prepararé un pelotón para cuando haya que partir.

—No. No debemos llamar mucho la atención en territorio vodaccio. Irás con una escuadra pequeña. Debemos asegurarnos de que no haya problemas al pasar por el Bosque Negro. No creo que los otros príncipes se animen a hacer algo.

—Frau Kapitän… Frau Kapitän…

El llamado insistente la arrancó de sus pensamientos. Uno de sus hombres la estaba llamando.

—¿Qué sucede? —preguntó, girándose hacia él.

—Miren… ya llegamos —dijo señalando hacia adelante.

En el centro del viñedo más grande que jamás había visto se alzaba una enorme mansión. Era muy distinta a los castillos eisenos. No estaba protegida más que por unas decenas de hombres, las ventanas no tenían rejas y la puerta no resistiría demasiado si un grupo decidido intentaba entrar.

Pero el propósito de esa construcción no era la protección.

Era la comodidad.

Un hombre de cabellos largos y oscuros, vestido con ropas que seguramente valían más de lo que ella ganaba en todo un año, salió a recibirlos. Apenas detrás de él caminaba otra persona, algo mayor.

—Benvenuto a tutti miei amici… herzlich willkommen… Mio nome es Alberto Lucani. Recibí noticias de su llegada y los hemos estado esperando. Por favor, Mario —dijo mirando al hombre que estaba a su lado— acompaña a los caballeros y a la signorina a refrescarse. Hemos preparado una pequeña comida en honor de ustedes.

Acostumbrada al ritmo militar, Perla no tardó demasiado en asearse, al igual que sus hombres.

Cuando terminó, una mujer estaba esperándola en la puerta.

—Per favore, signora… vieni con me —le dijo sonriendo.

Perla respondió primero en eiseno y luego en vesteno que no entendía, pero la mujer insistió con la misma frase, acompañándola con un gesto claro para que la siguiera.

Al llegar al salón, vio en el centro una enorme mesa. En la cabecera estaba sentado Alberto, hablando con uno de sus empleados. A ambos lados de la mesa se encontraban sus hombres, que habían dejado algunos lugares libres entre ellos y la cabecera.

Cuando Alberto la vio descender, dijo algunas palabras en vodaccio. Varios hombres que estaban distribuidos por el salón se retiraron por una puerta y regresaron casi de inmediato con varios platos.

La doncella le indicó dónde sentarse con un gesto. Perla ya había perdido la esperanza de que la mujer pudiera entenderla.

Apenas unos minutos después de haberse sentado, sintió un escalofrío.

Duró solo un instante.

Entonces vio descender por la escalera a una mujer completamente vestida de negro, con el rostro cubierto por un velo.

En su mente siempre había imaginado a las Sortes como mujeres mayores. Sin embargo, la figura que bajaba por la escalera no parecía demostrar demasiada edad. Además, descender con ese velo requería práctica… y gracia.

Detrás de ella caminaba otra joven, apenas más alta que la Sorte. Vestía a la moda vodaccia con un vestido de tonos oscuros y llevaba el cabello recogido.

Ambas se acomodaron frente a Perla, a la derecha de Alberto.
La Sorte tomó el lugar más cercano a la cabecera.

—Mi hija, Giugliana —dijo Alberto señalando a la Sorte—, y mi sobrina Lucrezia. Ella acompañará a Giugliana en su viaje a Eisen.

—Herr Lucani, no fui informada de que alguien más viajaría junto con la prometida de mi señor.

—Vamos, Frau Perla… no esperará que deje a mi hija viajar sola sin alguien de su familia.

—Entiendo, Herr Lucani. Pero si estoy a cargo de la seguridad, debo…

—Entiendo, Perla. Pero debes saber que ahora te encuentras en Vodacce, y aquí las cosas son diferentes a Eisen. Aquí todos jugamos el gran juego… y la información es una parte fundamental de ese juego.

Se inclinó levemente hacia ella.

—Como te dije antes, sabíamos de su llegada desde hace tiempo. Y lamento decir que no somos los únicos.

Hizo una pausa antes de continuar.

—La noticia de una mujer eisena de vuestro porte ya es información que muchos comparten en este mismo momento.

—No me preocupa —respondió Perla, marcando sus palabras con firmeza—. Podemos defender a la señorita de quien sea.

—Y no dudo de sus capacidades marciales. Los eisenos son reconocidos por eso. Pero uno solo puede defenderse de los ataques que ve.

Apoyó las manos sobre la mesa.

—Y me temo que no puedo arriesgar a mi hija de esa manera.

—¿Entonces quiere decir que no viajará con nosotros a Eisen? Mis órdenes…

—Sé cuáles son sus órdenes, Frau Perla. Y debe saber que no hay nadie más deseoso que yo de que se cumplan y que mi hija llegue sana y salva a Eisen.

Sus ojos se endurecieron ligeramente.

—Pero los caminos de Vodacce tienen ojos. Y una vez que salgan de mi territorio… muchos podrían estar interesados en que ese matrimonio no se realice.

—Herr Lucani, le doy mi palabra de que no le pasará nada.

—Eso es exactamente lo que quiero.

Se giró hacia su sobrina y habló en vodaccio.

—Lucrezia, dime… ¿ya está listo el transporte?

Lucrezia levantó la mirada del plato.

—Todavía no hemos encontrado al capitán. En cuanto sepa dónde se encuentra iré a hablar con él. Pero debemos partir pronto. Las noticias de la eisena han llegado a muchos oídos y no pasará mucho tiempo antes de que sepan lo que pretendemos.

—Tienes razón. Debemos apresurarnos.

Alberto volvió a mirar a Perla.

—El transporte está casi listo. Pero entiendo que deben estar cansados. Vayan a descansar. Si requieren algo, por favor solicítenlo a la doncella en la puerta de sus habitaciones.

—¿Cuándo partiremos? —preguntó Perla.

—En cuanto esté todo listo.

Sonrió levemente.

—No se preocupen… e intenten descansar.

 

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