
Hacía apenas una hora que había regresado del pueblo.
Qué sociedad tan maravillosa: compartían todo lo que el mar y la isla les ofrecían. Una verdadera utopía, sin un rey al que servir, sin motivos para alzarse en armas entre hermanos. Una sociedad, sencillamente, libre.
Shay había reunido a sus oficiales en su despacho.
—Diez hombres desaparecidos, cinco muertos, ocho aún inconscientes… y diez en reposo por las heridas —informó Diego, repasando el estado de la tripulación del Albatros.
—¿Algo más? —preguntó Shay.
—Sí. Encontramos ocho cuerpos con ropas de la Inquisición. No tuve tiempo de examinarlos en detalle, pero presentan golpes en el cuerpo… aunque la causa de muerte parece ser ahogamiento. Podría hacer algunas pruebas para—
—No. No hace falta —lo interrumpió Shay con calma firme—. Nuestra obligación es con nuestros hombres. Hemos tenido la fortuna de que la Madre Océano nos trajera hasta este lugar para descansar y recuperarnos… pero debemos partir lo antes posible.
Se volvió hacia su primer oficial.
—Monet, concede la noche libre a los hombres que estén en condiciones. Que disfruten Santa Elena. Dales su paga.
El pueblo verá con buenos ojos que circule el oro… aunque la isla les provea de todo, comerciar con San Juan no debe de ser sencillo.
—Aye, capitán —respondió la montaignesa con una sonrisa. Por fin podría pisar tierra; en Vodacce no había tenido esa oportunidad.
—Lorenzo —continuó Shay, dirigiéndose al jefe de carpinteros—. Si encuentras hombres en el aserradero o en el pueblo que puedan trabajar, contrátalos. El dinero no es problema.
—Sí, capitán.
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