«La maldad es antigua.»
Proverbio Lunar
La figura avanzaba por los pasillos de las catacumbas con una rapidez silenciosa, casi irreal. Nadie en su sano juicio se internaba tanto en aquel laberinto de túneles que se extendía bajo buena parte del corazón de Vodacce. Pero en la tierra de los espías, los asesinos y los traidores, la prudencia nunca estaba de más. Siempre existía la posibilidad de que alguien siguiera tus pasos.
El aire era espeso, húmedo, infectado por siglos de encierro y abandono. Las paredes rezumaban agua oscura. Bajo la pátina de ruina todavía podían adivinarse las líneas de una arquitectura antigua, levantada en una era remota y orgullosa. Aquel templo había conocido días de grandeza. Ahora solo conservaba su sombra.
La mujer cruzó el umbral sin detenerse. Había tardado más de lo previsto. Desorientar a una posible escolta le había costado tiempo, y esa noche cada segundo era precioso.
Su ropa hablaba por ella. El corte era inequívocamente vodaccino, refinado y severo, pero la tela —una seda cathayneza de calidad exorbitante— revelaba algo más: sangre noble. Muy noble. Solo la familia de uno de los Siete Príncipes podía permitirse una prenda semejante. La capucha ocultaba la mayor parte de su rostro, pero no lograba disimular la seguridad con la que se movía.
Entró en la cámara principal del templo.
Allí la oscuridad cedía ante la luz de las antorchas, que arrancaban destellos rojizos de la piedra vieja y del bronce ennegrecido. Sin embargo, la claridad servía de poco. Todos los presentes llevaban máscara. Era costumbre. Era tradición. Era ley.
—Por fin has llegado —dijo el hombre sentado a la cabecera de la mesa.
Su máscara tenía la forma de la cabeza de un león.
La voz, en cambio, carecía de majestuosidad. Era seca, agria, impaciente.
—Sabes lo que te costaría llegar tarde.
La recién llegada se retiró la capucha con un gesto lento y deliberado. Debajo apareció una máscara de media luna plateada, pulida hasta reflejar el temblor de las llamas.
Tomó asiento sin pedir permiso.
—No me impresionas, Fobos —dijo con calma—. Todavía me queda un minuto. Eso significa que he llegado con tiempo de sobra.
El hombre se inclinó apenas hacia delante.
—No juegues conmigo, Eris. Eres joven, y tu juventud explica muchas cosas. No las disculpa. Si tu padre siguiera con vida…
La silla rechinó contra el suelo de piedra.
Eris se puso de pie de golpe, tan bruscamente que el asiento cayó hacia atrás. En el mismo movimiento, su mano arrancó una daga del costado de la capa.
—No vuelvas a mencionar a mi padre, asqueroso patán.
—¡Basta!
La orden resonó como un látigo.
El hombre que había hablado llevaba una máscara hecha de tiras de cuero cosidas de tal forma que imitaban jirones de piel arrancada. Era imposible adivinar qué rostro se escondía debajo.
—Siéntense los dos —dijo Androk, con una frialdad glacial—. No permitiré que, estando tan cerca, sus rencillas de niños destruyan lo que hemos esperado durante siglos.
Fobos giró hacia él con furia apenas contenida.
—Tú no me das órdenes.
—Entonces deja de comportarte como alguien que necesita recibirlas.
La nueva voz fue femenina, suave, baja… y mucho más temible.
Todos miraron hacia la figura sentada unos lugares más allá. Un grueso velo cubría por completo su cabeza y descendía hasta los hombros, ocultando cada rasgo, cada curva, cada posible atisbo de identidad.
Ker.
No alzó la voz. No lo necesitaba.
—Guarda silencio, Fobos —dijo—, o tu hijo ocupará tu lugar antes de que termine esta noche.
El silencio que siguió fue inmediato y absoluto.
Fobos tragó saliva.
—Ker… tú no puedes…
Ella se movió apenas. Solo una mano emergió del velo, delgada y firme, para arrojar algo sobre la mesa. La carta giró en el aire y se deslizó hasta detenerse frente a él.
—No eres tú quien decide lo que puedo o no puedo hacer.
Fobos la recogió con dedos tensos. Bastó una mirada para que el color abandonara su postura, si no su rostro oculto. Incluso tras la máscara resultaba evidente que había palidecido.
El Juicio.
Sus labios se movieron apenas.
—No… No conmigo ni con mi familia…
Nadie respondió.
No hizo falta.
Cuando el hombre de la máscara solar se acercó para obligarlo a sentarse, un sonido seco quebró el aire de la cámara.
Todos se inmovilizaron.
El ruido había venido de la fuente situada detrás de ellos.
Durante un único e insoportable instante, una claridad blanca y feroz estalló desde su centro. La luz los atravesó como una hoja al rojo, cegándolos. Luego, con la misma violencia con la que había nacido, apagó todas las antorchas del salón.
La oscuridad fue total.
Nadie habló.
Nadie se movió.
La espera, el miedo y la certeza les cerraban la garganta.
Entonces, desde la punta del obelisco que se alzaba en medio de la fuente, comenzó a brotar un líquido transparente.
No era agua.
Tenía luz propia.
Descendió por la piedra como si el mismo sol se hubiera vuelto fluido, y su resplandor llenó la estancia con una claridad pura, terrible, sagrada.
Uno a uno, los miembros del círculo avanzaron hacia la fuente.
Ya no había disputas. Ya no había amenazas. Ya no había orgullo.
Solo devoción.
El cuenco de piedra se llenó lentamente, y ellos contemplaron el milagro con una mezcla de reverencia y hambre antigua. Habían esperado aquello durante años. No. Durante generaciones.
Cuando la fuente estuvo colmada, bebieron.
Todos al mismo tiempo.
El líquido era fresco.
Demasiado fresco.
Les recorrió la garganta como fuego invertido, como hielo ardiente, como una fuerza viva que despertaba algo dormido bajo la piel y dentro de la sangre.
Y comprendieron.
Su señor había regresado, tal como les fue prometido.
Y esta vez, el mundo sería suyo.